“A veces necesitamos reencontrarnos, tal vez estamos perdidos u olvidamos un poco de nuestra esencia por estar distraídos, pero caminando entre un bosque espeso, un desierto extenso, una montaña imponente, una playa al atardecer, una plaza o cualquier lugar, ahí, algo nos dice: aquí siempre estuviste, solo que no te dabas cuenta. Viajar nos enseña nuestros límites, como las habilidades que no conocíamos, nos muestra cómo adaptarnos y a conectarnos con nosotros mismos de una manera que no imaginábamos, nos enseña a reencontrarnos.”

Foto de JP Gooner

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El Nevado de Toluca también conocido como Xinantécatl del matlazinca (Xinantecatlelly) y del náhuatl (Xinantécatl), siendo la traducción más aceptada “hombre desnudo” para ambos casos, es la 4ª formación más alta de México, con una altitud de 4,690 metros.

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Un lugar mágico como sus historias narran, con sus dos lagunas, de El Sol y La Luna, tan misteriosas y hermosas que incitan a mirar a través de sus cristalinas aguas donde nos regalan un fondo multicolor y nos enseñan a apreciar que la naturaleza es sabia, a disfrutar, respirar, cerrar los ojos y sentir el sol, el frío, el viento. Sentir… te recuerda sentir.

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Sin duda alguna tal lugar requiere un respeto gigantesco al igual que un gran esfuerzo físico, si se pretende subir hasta su cumbre. Podría explicarte un sin fin de emociones que sentí al estar ahí, pero es mejor que lo vivas, ya que lugares así en México valen tanto la pena para conocer.  

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El Nevado te recibe con su espíritu fresco, y sus nubes bajas, que parecían poder tocarlas en cualquier momento; además de la laguna de El Sol que tiene cierta energía pacífica y reconfortante, sus tonos son hermosos y la vista de la impresionante cumbre a lo lejos provoca escalofríos de emoción instantáneos, aunque sin nieve el lugar también es de admirarse.

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Así comenzó la travesía, de inmediato se siente la advertencia de la fuerza del Nevado, la respiración agitada y la presión en el cuerpo. El terreno no es el más amigable, la tierra esta suelta junto con las rocas, y el caminar se dificulta. De pronto el grupo se reducía, me detenía un poco, y recordaba las indicaciones de la respiración, miraba hacia abajo y veía que la laguna se alejaba cada vez más y al mirar hacia arriba se veía cada vez más lejos la cumbre, era una sensación extraña, así avanzábamos, cada vez más lento pero con buen ritmo.

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La respiración era cada vez más difícil y miraba hacia arriba y no parecía tener fin, ahí fue cuando recordé viajes pasados, donde te desconectas de todo, y solo estás tu y el camino al frente, y te ayuda a meditar; por más loco que parezca, se necesita recordar de nuevo esa sensación y después de un freno de viajes, hace falta un nuevo reto y en un lugar así, era la oportunidad perfecta de reencontrarme.

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Ahí una lluvia de sentimientos y sensaciones me golpearon, el pasado era algo fuerte en ese momento, pero era necesario dejarlo atrás y que mejor que con una prueba así. El caminar era complicado, la tierra me regresaba a cada paso que daba y retrocedía la mitad de uno, ese era mi pasado, la tierra que no dejaba avanzar mi presente y yo era el responsable de dejar ese pasado atrás para avanzar y la motivación me ayudó; no dejé de avanzar, porque así es en la vida, por más complicado que sea el pasado tienes que continuar, superar, curar, perdonar y seguir.

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Estaba tan cerca que solo quería llegar para sentarme y admirar la vista, dejar todo atrás y sentirme ligero y ver de nuevo con los ojos de la aventura. Y eso hace el viajar, te brinda la oportunidad de conocerte y de conocer una perspectiva distinta de ti y tu entorno, te muestra tus miedos, todo eso que no te deja avanzar y de alguna forma te enseña a superarlos o lidiar con ellos. 

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Cuando llegamos a los hombros del Nevado, lo primero que hice fue mirar todo el camino, aún con la agitación del esfuerzo, miraba todo lo que había conseguido, y me sentía bien al estar ahí, comer una mandarina después de todo ese esfuerzo, ¿cómo te explico?, fue lo más delicioso que pude experimentar, sí, una simple mandarina, pero en ese momento los sentidos se duplicaron. Aún faltaba llegar a la cumbre, entre neblina y gente bajando, nos abrimos paso, un desfiladero por ambos lados y el vértigo se activaba a tan poco para llegar, pero la energía positiva de todos era el motor y ahí estábamos, éramos los últimos, nadie más venía atrás, habíamos llegado.

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Al sentarme, solo miraba la laguna de El Sol y a las nubes que la abrazaban, ya no hacía frío como antes y no pesaba la altura, la respiración regresaba a la normalidad. Cerré los ojos y pude sentir lo que tanto anhelaba: paz, infinita paz, esa que tanto extrañaba y una ligereza en el cuerpo que hacía falta; y es que a veces en nuestras vidas olvidamos liberarnos de todas las cargas emocionales que se acumulan y hacen el paso difícil, pero al estar ahí me sentía ligero, solo te puedo decir que ahí había una paz que en ningún otro lado había experimentado en todo el año, y reflexionas la importancia de viajar, acompañado o solo, y ves que debería de ser parte de la vida de todos.

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Ese lugar me ayudó a recodarlo de la manera más loca, desgasté mi cuerpo pero no dejé de avanzar, me sentí afortunado al estar ahí, tal vez sino hubiera recorrido por todo ese pasado no hubiera experimentado ese momento. Ahí en el Nevado de Toluca te puedo decir que regresó una parte de mi, que había olvidado en algún lugar, ahí en la cumbre del Xinantécatl me reencontré de nuevo.

Por JP Gooner

Instagram: @jpgooner7